“Amiga, ¿de dónde eres? Suenas interesante.”
Varios días más tarde, Azúcar le contesta:
“Saludos. No lo tome mal pero no le conozco. Esta página la creé estrictamente para la organización de mi club de literatura. Cómo comprenderá no socializo con extraños. Si es que me equivoco, refrésqueme la memoria y disculpe. Atentamente, Azúcar.”
Al joven solitario le sorprendió mucho la respuesta de la desconocida. Nunca le habían rechazado una propuesta cibernética amistosa. Luego de mucho pensar, de escribir y de borrar le replicó:
Diego por primera vez escribía su nombre real.
-Cuando te vea te voy a abrazar tan duro que te va a doler –le decía Azúcar.
-¿Ah, si? –le contestaba Diego.
-Si.
-Pues, cuando yo te vea te voy a dar un beso bien sonao’ y no voy a dejar que me sueltes.
-¿Ah, no?
-No.
-Pues mejor. Porque yo no te pensaba soltar de todos modos.
-Entonces tendremos que irnos caminando pegados.
-Está bien. Pero si no estamos caminando no te voy a dejar quieto. Te voy a estar dando miles de besos.
-¡Qué rico! Pues yo te voy a besar cómo si no te fuera a ver nunca más.
-¿Qué? ¿Piensa desaparecer?
-¡Claro que no! Ahora que te encontré, no pienso dejarte ir.
-Te quiero mucho.
-Yo te quiero más.
-No, yo.
-¡Yo!
Por fin llegó la noche acordada. Diego se instaló en el hotel y ambientó la habitación para recibir a Azúcar. Colocó velas, flores y además le tenía un regalo sorpresa. Estaba agitado, inquieto. No dejaba de caminar de un lado a otro. Miraba por la mirilla de la puerta una y otra vez.
Eran las ocho en punto. Azúcar no había llegado. Pensó que las mujeres siempre se demoran. Seguía ansioso. Se sentaba. Se paraba. Acomodaba la habitación. Volvía a sentarse.
Ya era viernes, 25 de octubre. Azúcar nunca llegó. El jueves 24 estuvo disfrutando de una cena familiar con su esposo e hijos.