miércoles, 7 de enero de 2009

Viaje virtual

Él dejó todo cuando lo aceptaron en la Universidad de Arquitectura de Boston. Tan pronto se enteró se mudó, mucho antes de que le empezaran las clases. Estaba contento. Empezó una nueva vida. Pensó que todo le iría tal como lo había planeado. Que haría amistades, conseguiría trabajo, le iría bien en sus clases. Quiso disfrutarse ese verano a plenitud. Paseó por la ciudad. Visitó el Museo de Bellas Artes. Fue al cine. Siempre estaba solo. No conocía a nadie. Intentó interactuar con sus vecinos, pero ante sus saludos cordiales, lo ignoraban.

Pasaron semanas y día a día sintió la soledad. Disminuyeron sus salidas. Desconfiaba de todos. Apenas llamaba a su familia y cuando lo hacía era vía correo electrónico. Navegaba horas largas en el Internet. Chateaba con desconocidos de todas partes del mundo. Empezó a crear historias fantásticas de su vida, ilusiones con sus nuevos amigos del mundo cibernético. Mujeres irreales se convirtieron en su debilidad. No le importaba pasar toda la noche despierto hablando con una de estas. Les pedía fotos, aunque sabía que las que le enviaban correspondían a modelos famosas.
En una de esas navegaciones encontró a Azúcar. Le llamó la atención su interesante página virtual. Tenía una breve descripción de su personalidad, sus películas favoritas y varias fotos de ella compartiendo en distintos clubes sociales. Le pareció real. Le envió un mensaje:

“Amiga, ¿de dónde eres? Suenas interesante.”
Varios días más tarde, Azúcar le contesta:
“Saludos. No lo tome mal pero no le conozco. Esta página la creé estrictamente para la organización de mi club de literatura. Cómo comprenderá no socializo con extraños. Si es que me equivoco, refrésqueme la memoria y disculpe. Atentamente, Azúcar.”

Al joven solitario le sorprendió mucho la respuesta de la desconocida. Nunca le habían rechazado una propuesta cibernética amistosa. Luego de mucho pensar, de escribir y de borrar le replicó:
“Estimada Azúcar: No quise ofenderle en ningún momento. La verdad es que no la conozco. Su página me motivó a escribirle, a parte de que encuentro que es bellísima y su mirada me parece impactante. Entiendo perfectamente su preocupación y discúlpeme a mí si le molesté. Atentamente, Diego.”
Diego por primera vez escribía su nombre real.
Por su parte, Azúcar, quién era una mujer recta e inteligente, al leer el mensaje se conmovió. Estaba tan concentrada en su trabajo, sus estudios y demás detalles personales, que ya había olvidado cuándo fue la última vez que alguien la llamó bella. Lo pensó mucho, pero al final se decidió en contestarle. En un tono tímido, le solicitó que le hablara sobre él. A Diego le inspiró confianza su mensaje y poco a poco le fue contando sobre sí. Así comenzó la amistad hasta que se hicieron novios cibernéticos. Chateaban horas. Intercambiaban fotos. Ella le escribía de sus dramas en el trabajo, de sus amistades, su club literario y sus estudios. Él sabía cuándo ella tenía exámenes, sus horarios de jornada laboral y a qué hora la podía encontrar en el chat. Ella conocía su humor, estados de ánimo, los días que él salía a hacer compras, sus domingos de ver juegos de fútbol…

La relación fue progresando. Diego le dio su número telefónico y dirección postal. Azúcar le enviaba cartas de amor con muchos besos. Lo llamaba todos los días y le pedía que se conectara durante la noche. Decidieron que era tiempo de verse. No podían esperar. Imaginaban que el encuentro de ambos iba a ser intenso. Coincidían que lo primero sería un abrazo de media hora, seguido por un explosivo beso que los llevaría al espacio. Todos los días hablaban de lo mismo.

-Cuando te vea te voy a abrazar tan duro que te va a doler –le decía Azúcar.
-¿Ah, si? –le contestaba Diego.
-Si.
-Pues, cuando yo te vea te voy a dar un beso bien sonao’ y no voy a dejar que me sueltes.
-¿Ah, no?
-No.
-Pues mejor. Porque yo no te pensaba soltar de todos modos.
-Entonces tendremos que irnos caminando pegados.
-Está bien. Pero si no estamos caminando no te voy a dejar quieto. Te voy a estar dando miles de besos.
-¡Qué rico! Pues yo te voy a besar cómo si no te fuera a ver nunca más.
-¿Qué? ¿Piensa desaparecer?
-¡Claro que no! Ahora que te encontré, no pienso dejarte ir.
-Te quiero mucho.
-Yo te quiero más.
-No, yo.
-¡Yo!

Y así pasaban horas, con la misma conversación una y otra vez. Planearon todo, mil veces. Hasta que Diego compró el boleto de avión. Quedaron en encontrarse el jueves 24 de octubre a las ocho de la noche en el Hotel Caribe Hilton. Acordaron que pasarían juntos el fin de semana.

El 23 Diego no pudo dormir. Estaba loco porque fuera jueves. Por el otro lado, Azúcar tampoco durmió. Su mente se llenó de ideas variadas, nervios y dudas.

Por fin llegó la noche acordada. Diego se instaló en el hotel y ambientó la habitación para recibir a Azúcar. Colocó velas, flores y además le tenía un regalo sorpresa. Estaba agitado, inquieto. No dejaba de caminar de un lado a otro. Miraba por la mirilla de la puerta una y otra vez.

Eran las ocho en punto. Azúcar no había llegado. Pensó que las mujeres siempre se demoran. Seguía ansioso. Se sentaba. Se paraba. Acomodaba la habitación. Volvía a sentarse.

A las nueve Diego se sintió preocupado. Azúcar no había llamado y él no tenía forma de localizarla. Ella no contestaba su teléfono. A las 11:30 él ya había preguntado en recepción, como doce veces, si alguien le había procurado.

Ya era viernes, 25 de octubre. Azúcar nunca llegó. El jueves 24 estuvo disfrutando de una cena familiar con su esposo e hijos.

2 comentarios:

Roberto Ariel Fernández dijo...

Te felicito. Está bien escrito y fluye muy bien. Sigue adelante!

Christian Lebrón dijo...

¡Fantástico! ¡Que muchos Diegos deben haber regados por ahí!