—Blog literario de Nathacha de los Santos— *Cuentos *Microrelatos *Poemas *Ilusiones *Etcéteras
lunes, 9 de mayo de 2011
domingo, 30 de enero de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
Ya
Decidí que no te voy a querer más.
Te llamaré.
Te diré que ya no fumo, ni bebo,
Que ya no te quiero.
Y te preguntaré tu nombre porque lo habré olvidado.
Con indiferencia contestaré que no sé quién eres
Y olvidaré para qué fue que llamé.
Colgaré.
Tú, al otro lado
Apretarás el teléfono vacío
Y harás tu llanto sin asombro, sin nada.
No comerás por varios días.
Esperanzarás que todavía tienes tiempo.
Y reunirás el poco amor que te quedará,
Lo acariciarás, lo besarás,
Pero te darás cuenta de que no sirve para nada
(y es cierto).
Y con mucho coraje lo tirarás a la basura.
Me pensarás como una enfermedad.
Querrás curarte de mí pero no podrás.
Y te internarán en un manicomio.Matarte una vez más
Sé que no estoy sola y me desnudo
Como me desnudo cuando no estoy sola.
Sé que me estás mirando y
Desde que me miras dejé de estar sola.
Y doy la espalda
Y me quito la única bata
Y te miro por encima del hombro
Y confirmo que no estoy sola.
Sé que estoy acompañada y me desnudo
Como lo hago cuando sé voy a cumplir un deseo.
Y moldeo mis rizos y te vuelvo a mirar
Y mis ojos narran el futuro
Y te agrada, sonríes
Y desearías no haberme visto desnuda.
Me volteo completamente
y te miro de frente.
Como lo hago cuando estoy acompañada
Y sé voy a cumplir un deseo.
Desearías no haber deseado nunca
tu deseo
Te encanta lo que ves.
Me acerco a ti y mis rizos cobran vida propia
Te estrangulan,
como lo hacen cuando aman.
Y yo desearía hacerlo de nuevo cinco veces
Pero matarte sólo una vez más.
Mueres.
Sé que estoy sola y me visto
como lo hago cuando estoy sola.
martes, 18 de agosto de 2009
Lágrimas desnudas
"No me hubieras dejado esa noche,
porque esa misma noche encontré un amor.
Me abrazó al instante mismo que tú me dijiste adiós,
y no fue una gran tristeza,
fue como ir de menor a mayor…" Esa noche, Café Tacvuba
<<..No me hubieras dejado esa noche>>
Ignoraste los dolores que te comenzaron en la tarde porque tus venas temblaban. Si hubieses podido, las hubieses arrancado de tus brazos. Te enterrabas las uñas en la piel sombría, andrajosa. Rascabas con desesperación tus brazos, tu cuello, tus piernas, tus antebrazos duros y llagosos. Esa noche esperabas con impaciencia a tu compañero, quien compartiría paz y relajación, al menos por unas horas. Pero cuando él llegó, los dolores en tu vientre se intensificaron y te retorciste en el suelo. Era un dolor intenso, profundo, en las caderas, en el torso. No lo pudiste controlar. No habías comido nada, tampoco tenías hambre, mas una eterna e infinita ansiedad. Instintivamente reaccionaste a las contracciones y once minutos más tarde, yo nací. Tú me dejaste para irte a volar.
<<... Porque esa misma noche encontré un amor>>
No eras feliz, tampoco sentías tristeza, ni soledad, ni nada. Saciabas tu ansiedad y tus deseos más profundos cuando sentías que aquella aguja te tocaba la piel, penetraba esa primera capa y llegaba hasta la sangre; cuando sentías ese pequeño pinchazo, seguido del escalofrío recorriendo por tu cuerpo, tu mundo se paralizaba. En cambio yo, ahí tirado en el suelo duro y húmedo, sobre unas páginas de diarios viejos junto a un bote de basura. Me sentía triste como un globo que se pierde entre las nubes sin conocer su destino, con un llanto profundo, incesante, que al parecer ningún ser humano escucharía… sólo una perra, que me lamió, limpió la sangre y se comió el cordón de mi ombligo. Se quedó conmigo y sentí calor. Esa misma noche, esa perra callejera me ofreció su amor. Ella, que parecía que estaba esperando tu momento de partir, parecía que lo sabía todo.
<<...Me abrazó al instante mismo que tú me dijiste adiós>>
La intensidad del calor de aquel animal era palpable. No importa lo desdeñable que estaba, para mí era hermosa. Sentía que me abrazaba fuerte, mientras que tú ni me mirabas. Dormías de manera grotesca, a sólo pasos de mí. Sin embargo, tenía hambre, mucha hambre y no había nada que ella pudiera hacer por mí. Mi llanto era profundo, fuerte, desde adentro del vientre. Nadie me entendía, nadie me escuchaba. Me cansé y dejé de llorar. No tenía fuerzas para nada. Me dio mucho sueño y quedé dormido entre sus patas.
<<…y no fue una gran tristeza>>
Abrí los ojos y tú no estabas, ella tampoco. En ese momento sentí el estómago tocando mi espalda. El dolor era tanto que no me permitía quejarme, el frío aún mayor. Las moscas se paseaban por mi cara y me hacían cosquillas. Las hormigas, los gusanos y los mosquitos, intentaban comerse mi cuerpo.
Fue la última vez que abrí lo ojos, no había nadie a quien mirar y los cerré. Ya no podía moverme, no podía gritar, ni siquiera sentí el hambre. Olvidé cómo respirar y no fue una gran tristeza. Sonreí. Dormí feliz. Nadie me despertaría.
<<...fue como ir de menor a mayor>>
Nunca supiste de mí. Cuando regresaste, ya no estaba. Pero ella, ella sí estaba allí, junto al bote de basura husmeando entre las páginas de diarios manchadas con sangre, y te vio. Sus ladridos estaban llenos de coraje y furia. Se quedó derecha y te miró con rabia directamente a los ojos.
Le ofreciste un pedazo de carne que te regalaron y comió junto a ti. Le hablaste, te desahogaste porque sabías que ella sí entendería tus palabras: “¿dónde está mi bebé?”, suspirabas lento y despacio una y otra vez, sintiendo el dolor que creías que ella también sentía. Lloraron juntas. Secó tus lágrimas desnudas con su lengua áspera y maloliente, pero no te molestó, al contrario, la abrazaste fuerte por un largo rato. Reservaste tus últimas lágrimas y luego de un leve gemido sacaste la cuchara, el encendedor y una jeringuilla. La perra, observó cuando utilizabas tus más preciados tesoros para continuar… para recuperar el alma.
porque esa misma noche encontré un amor.
Me abrazó al instante mismo que tú me dijiste adiós,
y no fue una gran tristeza,
fue como ir de menor a mayor…" Esa noche, Café Tacvuba
<<..No me hubieras dejado esa noche>>
Ignoraste los dolores que te comenzaron en la tarde porque tus venas temblaban. Si hubieses podido, las hubieses arrancado de tus brazos. Te enterrabas las uñas en la piel sombría, andrajosa. Rascabas con desesperación tus brazos, tu cuello, tus piernas, tus antebrazos duros y llagosos. Esa noche esperabas con impaciencia a tu compañero, quien compartiría paz y relajación, al menos por unas horas. Pero cuando él llegó, los dolores en tu vientre se intensificaron y te retorciste en el suelo. Era un dolor intenso, profundo, en las caderas, en el torso. No lo pudiste controlar. No habías comido nada, tampoco tenías hambre, mas una eterna e infinita ansiedad. Instintivamente reaccionaste a las contracciones y once minutos más tarde, yo nací. Tú me dejaste para irte a volar.
<<... Porque esa misma noche encontré un amor>>
No eras feliz, tampoco sentías tristeza, ni soledad, ni nada. Saciabas tu ansiedad y tus deseos más profundos cuando sentías que aquella aguja te tocaba la piel, penetraba esa primera capa y llegaba hasta la sangre; cuando sentías ese pequeño pinchazo, seguido del escalofrío recorriendo por tu cuerpo, tu mundo se paralizaba. En cambio yo, ahí tirado en el suelo duro y húmedo, sobre unas páginas de diarios viejos junto a un bote de basura. Me sentía triste como un globo que se pierde entre las nubes sin conocer su destino, con un llanto profundo, incesante, que al parecer ningún ser humano escucharía… sólo una perra, que me lamió, limpió la sangre y se comió el cordón de mi ombligo. Se quedó conmigo y sentí calor. Esa misma noche, esa perra callejera me ofreció su amor. Ella, que parecía que estaba esperando tu momento de partir, parecía que lo sabía todo.
<<...Me abrazó al instante mismo que tú me dijiste adiós>>
La intensidad del calor de aquel animal era palpable. No importa lo desdeñable que estaba, para mí era hermosa. Sentía que me abrazaba fuerte, mientras que tú ni me mirabas. Dormías de manera grotesca, a sólo pasos de mí. Sin embargo, tenía hambre, mucha hambre y no había nada que ella pudiera hacer por mí. Mi llanto era profundo, fuerte, desde adentro del vientre. Nadie me entendía, nadie me escuchaba. Me cansé y dejé de llorar. No tenía fuerzas para nada. Me dio mucho sueño y quedé dormido entre sus patas.
<<…y no fue una gran tristeza>>
Abrí los ojos y tú no estabas, ella tampoco. En ese momento sentí el estómago tocando mi espalda. El dolor era tanto que no me permitía quejarme, el frío aún mayor. Las moscas se paseaban por mi cara y me hacían cosquillas. Las hormigas, los gusanos y los mosquitos, intentaban comerse mi cuerpo.
Fue la última vez que abrí lo ojos, no había nadie a quien mirar y los cerré. Ya no podía moverme, no podía gritar, ni siquiera sentí el hambre. Olvidé cómo respirar y no fue una gran tristeza. Sonreí. Dormí feliz. Nadie me despertaría.
<<...fue como ir de menor a mayor>>
Nunca supiste de mí. Cuando regresaste, ya no estaba. Pero ella, ella sí estaba allí, junto al bote de basura husmeando entre las páginas de diarios manchadas con sangre, y te vio. Sus ladridos estaban llenos de coraje y furia. Se quedó derecha y te miró con rabia directamente a los ojos.
Le ofreciste un pedazo de carne que te regalaron y comió junto a ti. Le hablaste, te desahogaste porque sabías que ella sí entendería tus palabras: “¿dónde está mi bebé?”, suspirabas lento y despacio una y otra vez, sintiendo el dolor que creías que ella también sentía. Lloraron juntas. Secó tus lágrimas desnudas con su lengua áspera y maloliente, pero no te molestó, al contrario, la abrazaste fuerte por un largo rato. Reservaste tus últimas lágrimas y luego de un leve gemido sacaste la cuchara, el encendedor y una jeringuilla. La perra, observó cuando utilizabas tus más preciados tesoros para continuar… para recuperar el alma.
lunes, 16 de febrero de 2009
La vida eterna
¿Ya? ¿Ya fuiste al tocador? Tenías tanto apuro de ir que volaste. Y, ¿te tocaron mucho? Parece que sí, pues tienes marcas en tu piel. Mejor quítatelas, pensarán que estás loco y ya bastante gente piensa que eres extraño. Lo que no saben es que tienes el corazón de un niño. No te sorprendas, lo vi sobre tu escritorio en un frasco de cristal. También se cómo lo obtuviste.
Era una tarde exquisitamente fresca cuando decidiste que querías ser inmortal. Estabas con Escorpión, una iguana verde y grande que se convirtió en tu inseparable compañera. Te entretenías pintando un paisaje surrealista cuando te diste cuenta que no tenías suficiente pintura roja. Escorpión te miró, como si supiera lo que estaba en tu mente: tú lo miraste como si fuera pintura de óleo. Fue entonces cuando fuiste a la cocina, tomaste un cuchillo pequeño y suficientemente filoso, agarraste fuertemente a la iguana por el torso, y le cortaste la cola; luego encerraste al animal en su jaula. Se movía tanto que parecía un globo cuando le sueltan el nudo. Usaste la cola de pincel y terminaste tu exótico paisaje. Llegaste a la conclusión de que Lago oscuro, como llamaste a tu cuadro, se había convertido en tu mejor obra. Fue ahí mismo también cuando te vino la idea de comer corazones de niños para dejar de ser un simple mortal.
Alucinaste con la vida eterna. Desarrollaste sentidos absurdos e idea exageradas respecto a la limpieza. Rehusabas tocar superficies ya que pensabas que estaban llenas de gérmenes. Creías ver microbios en todas partes. No salías sin guantes ni jabones antibacteriales. Te bañabas con yodo, dizque para desinfectar tu cuerpo. Te dejaste crecer el pelo sin ningún límite. Te alejaste de todos para llevar a cabo tu único objetivo. Estudiaste cada niño que conocías para ver si cumplían con los estándares de tus requisitos: saludables, talentosos y pelirrojos.
En una de tus solitarias salidas nocturnas conociste a Li, una pirómana que no experimentaba miedos y salía en busca de emociones fuertes. Al poco tiempo hicieron la pareja perfecta: para ninguno la relación tenía significado y ambos eran manipuladores y explotadores. Le contaste tu idea respecto a la inmortalidad, a ella le pareció fascinante a lo cual te sugirió dar clases de arte a niños. Le tomaste la palabra y enseguida solicitaste trabajo en Kinder-Arte. Debido a tu gracia, talento, estudios y referencias, no tardaron mucho en darte el puesto.
Tus estudiantes eran de cuatro y cinco años. El primer día que los viste, los observaste minuciosamente. A pesar de que todos parecían saludables, entrevistaste a sus padres para conocer mejor a los chiquillos, pero lo más que te llamó la atención es que de diez, sólo uno era pelirrojo, Isaac.
Isaac cumplía con todas tus expectativas. Pensaste que te ayudaría un paso más para dejar de ser mortal. Era brillante, talentoso, atento y su cabellera parecía una zanahoria. Querías el corazón de Isaac, lo que no sabías es que ya te lo habías ganado. El pecosito te adoraba, decía que eras su maestro favorito y disfrutaba al máximo de tus clases. Por razones obvias, él también se convirtió en tu estudiante preferido.
La idea de la inmortalidad te tenía ansioso, era lo único que pasaba por tu mente. Querías empezar ya. Hablaste con Li para que se llevara a Isaac el viernes por la tarde. Cuando la madre de Isaac lo fue a recoger, le dijiste que el padre ya lo había hecho, como había sucedido en ocasiones anteriores. Li había engañado al niño diciéndole que lo llevaría a comer helado, pero que tenía que entrar en un bulto para salir de allí. El niño sin protestar accedió, como si se tratara de un juego. Se lo llevó para una solitaria casa de campo que tiene su familia, y nadie frecuenta, en Yauco.
Llegaste preparado: gasas, tijeras, marcadores, guantes, alcohol, soga, frascos, agujas, cuchillos... hasta una pala. Te molestaste, ya que encontraste al niño inconciente sobre una mesa y a Li acostada, frente a una fogata que había hecho, en el patio de la casa, tocándose, extasiada... dándose placer. Tomaste a Isaac en tus brazos y lo llevaste a una de las habitaciones. Le quitaste la camisa y la oliste. Sentiste al aroma a Nenuco. Le marcaste el pecho, te pusiste los guantes y tomaste el cuchillo. Pasaste el cuchillo por tu lengua, para corroborar que estuviera lo suficientemente filoso. Tragaste de tu sangre. Con expresión seria y definida de lo que querías hacer, penetraste el cuchillo en el pequeño y huesudo pecho del niñito. Isaac abrió los ojos y suspiró profundo. Te miró... soltó varias lágrimas. Continuó mirándote hasta que su mirada se perdió dentro de la tuya. Sentiste que habías inhalado su alma. Penetraste más profundo. Disfrutabas de escuchar su piel rompiéndose. Finalmente, abriste el pecho en su totalidad y tomaste su tierno corazón.
Era una tarde exquisitamente fresca cuando decidiste que querías ser inmortal. Estabas con Escorpión, una iguana verde y grande que se convirtió en tu inseparable compañera. Te entretenías pintando un paisaje surrealista cuando te diste cuenta que no tenías suficiente pintura roja. Escorpión te miró, como si supiera lo que estaba en tu mente: tú lo miraste como si fuera pintura de óleo. Fue entonces cuando fuiste a la cocina, tomaste un cuchillo pequeño y suficientemente filoso, agarraste fuertemente a la iguana por el torso, y le cortaste la cola; luego encerraste al animal en su jaula. Se movía tanto que parecía un globo cuando le sueltan el nudo. Usaste la cola de pincel y terminaste tu exótico paisaje. Llegaste a la conclusión de que Lago oscuro, como llamaste a tu cuadro, se había convertido en tu mejor obra. Fue ahí mismo también cuando te vino la idea de comer corazones de niños para dejar de ser un simple mortal.
Alucinaste con la vida eterna. Desarrollaste sentidos absurdos e idea exageradas respecto a la limpieza. Rehusabas tocar superficies ya que pensabas que estaban llenas de gérmenes. Creías ver microbios en todas partes. No salías sin guantes ni jabones antibacteriales. Te bañabas con yodo, dizque para desinfectar tu cuerpo. Te dejaste crecer el pelo sin ningún límite. Te alejaste de todos para llevar a cabo tu único objetivo. Estudiaste cada niño que conocías para ver si cumplían con los estándares de tus requisitos: saludables, talentosos y pelirrojos.
En una de tus solitarias salidas nocturnas conociste a Li, una pirómana que no experimentaba miedos y salía en busca de emociones fuertes. Al poco tiempo hicieron la pareja perfecta: para ninguno la relación tenía significado y ambos eran manipuladores y explotadores. Le contaste tu idea respecto a la inmortalidad, a ella le pareció fascinante a lo cual te sugirió dar clases de arte a niños. Le tomaste la palabra y enseguida solicitaste trabajo en Kinder-Arte. Debido a tu gracia, talento, estudios y referencias, no tardaron mucho en darte el puesto.
Tus estudiantes eran de cuatro y cinco años. El primer día que los viste, los observaste minuciosamente. A pesar de que todos parecían saludables, entrevistaste a sus padres para conocer mejor a los chiquillos, pero lo más que te llamó la atención es que de diez, sólo uno era pelirrojo, Isaac.
Isaac cumplía con todas tus expectativas. Pensaste que te ayudaría un paso más para dejar de ser mortal. Era brillante, talentoso, atento y su cabellera parecía una zanahoria. Querías el corazón de Isaac, lo que no sabías es que ya te lo habías ganado. El pecosito te adoraba, decía que eras su maestro favorito y disfrutaba al máximo de tus clases. Por razones obvias, él también se convirtió en tu estudiante preferido.
La idea de la inmortalidad te tenía ansioso, era lo único que pasaba por tu mente. Querías empezar ya. Hablaste con Li para que se llevara a Isaac el viernes por la tarde. Cuando la madre de Isaac lo fue a recoger, le dijiste que el padre ya lo había hecho, como había sucedido en ocasiones anteriores. Li había engañado al niño diciéndole que lo llevaría a comer helado, pero que tenía que entrar en un bulto para salir de allí. El niño sin protestar accedió, como si se tratara de un juego. Se lo llevó para una solitaria casa de campo que tiene su familia, y nadie frecuenta, en Yauco.
Llegaste preparado: gasas, tijeras, marcadores, guantes, alcohol, soga, frascos, agujas, cuchillos... hasta una pala. Te molestaste, ya que encontraste al niño inconciente sobre una mesa y a Li acostada, frente a una fogata que había hecho, en el patio de la casa, tocándose, extasiada... dándose placer. Tomaste a Isaac en tus brazos y lo llevaste a una de las habitaciones. Le quitaste la camisa y la oliste. Sentiste al aroma a Nenuco. Le marcaste el pecho, te pusiste los guantes y tomaste el cuchillo. Pasaste el cuchillo por tu lengua, para corroborar que estuviera lo suficientemente filoso. Tragaste de tu sangre. Con expresión seria y definida de lo que querías hacer, penetraste el cuchillo en el pequeño y huesudo pecho del niñito. Isaac abrió los ojos y suspiró profundo. Te miró... soltó varias lágrimas. Continuó mirándote hasta que su mirada se perdió dentro de la tuya. Sentiste que habías inhalado su alma. Penetraste más profundo. Disfrutabas de escuchar su piel rompiéndose. Finalmente, abriste el pecho en su totalidad y tomaste su tierno corazón.
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